domingo, 13 de noviembre de 2011

Los fuegos del Tucumanazo

“Tucumán era Kosovo”, me dijo el ex gobernador de facto de la provincia, Carlos Imbaud, en un reportaje que le realicé a fines de los ‘90 para El Periódico. Se refería al espectáculo que ofrecía la ciudad de San Miguel de Tucumán, al observar desde el avión que lo traía desde la Capital Federal, los fuegos de las barricadas que aún ardían dentro de las 64 manzanas tomadas por los manifestantes. Era la madrugada del 11 de noviembre de 1970. Desde el día anterior el movimiento estudiantil con el apoyo de distintos sectores populares había puesto en marcha una protesta que superando a las fuerzas de seguridad locales se adueñó de las calles de la ciudad y obligó al gobierno de la dictadura militar a recurrir a la presencia de la gendarmería y a un cuerpo especial de la Policía Federal. La pueblada que se extendió por cuatro días, del 10 al 13 de noviembre, pasó a la historia como el Tucumanazo y se inscribe dentro de una serie de grandes levantamientos populares contra la dictadura militar de entonces que se iniciaron con el llamado Cordobazo, el 29 de Mayo de 1969. La comparación con Kosovo hecha por el ex gobernador tenía que ver con que a fines de los ‘90 el conflicto en los Balcanes dominaba la noticia política internacional y estaba asociado al caos y la violencia.
Le comenté a Imbaud, un poco para crear un clima distendido en el reportaje y también por un impulso del momento, que yo había estado ahí abajo al igual que tantos otros jóvenes de la época alimentando el fuego de las barricadas que él había visto desde el aire y aproveché la ocasión para contarle una anécdota que lo involucraba. La noche de la declaración del estado de sitio mi hermano y yo, junto a otros militantes estudiantiles, habíamos quedado aislados en la zona sur de la ciudad así que decidimos refugiarnos hasta el día siguiente en la casa de un compañero ubicada exactamente en la esquina de la manzana. La mayor parte de la zona céntrica de la ciudad estaba a oscura y era patrullada por los federales para dispersar los últimos focos de manifestantes. De pronto, desde una de las ventanas de la casa donde nos habíamos apostados, con las luces apagadas y en silencio, observamos unos movimientos subrepticios sobre la calle en la esquina. Nuestra sorpresa fue grande cuando distinguimos que unos cuatro niños, entre los 12 y 13 años, encendían un fuego sobre el pavimento y haciendo una ronda alrededor de él coreaban un cantito varias veces antes de volver a desaparecer entre las sombras.“Imbaud corazón / la barra te saluda/ la puta que te parió”. No cabían dudas, el repudio a la dictadura era masivo. 
  
 ¿Una épica sumergida en el pasado?
Imbaud se río, le pareció una anécdota pintoresca, pero se defendió argumentando que él había tenido una política de conciliación e intentado varias veces el diálogo, infructuosamente, ya que había sectores interesados en resolver violentamente el conflicto. De todos modos, me dijo, habían pasado muchos años y el Tucumanazo era parte del pasado, de una Argentina que ya no existía. Estábamos en 1999. De la Rúa había llegado al poder a través de la Alianza; el menemismo llegaba a su fin, pero no las políticas neoliberales que habían dominado la década del ‘90. La historia parecía darle la razón a aquellos que afirmaban que las menciones a posibles rebeliones populares como el Cordobazo o el Tucumanazo formaban parte de una épica definitivamente sumergida en el pasado.
Sin embargo, la historia se encargaría de contradecir al interventor militar. Tan sólo dos años después de aquella entrevista el país asistiría a una de las crisis más profundas de su historia y a una rebelión popular que significaría el quiebre de la hegemonía ideológica que el neoliberalismo había logrado ejercer durante más de 10 años en el país. Nuevamente una gran rebelión popular, al igual que aquellas de fines de los ‘60 y comienzo de los ‘70, lograría transfigurar el escenario político y social de la Argentina. El epicentro de ese estallido social tantas veces anunciado fue la ciudad de Buenos Aires en las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001. El Porteñazo, que los jóvenes que participaron del Cordobazo y el Tucumanazo habían envejecido esperando, finalmente se hizo realidad. Llegó, es verdad, muchos años después de lo esperado. No había ya en el poder dictaduras militares sino gobiernos elegidos democráticamente dedicados a defraudar la voluntad popular que los había encumbrado. Pero, al igual que el Tucumanazo y el Cordobazo, “las jornadas de diciembre” cambiaron la relación de fuerzas entre el bloque de poder y los sectores populares a favor de estos últimos y abrieron un nuevo ciclo político y social en el país. Más de treinta años después la épica popular volvió a reaparecer. Se trataba, sin duda, de un país distinto al de los años ‘60 y ‘70, pero los actores políticos y sociales básicamente eran los mismos de entonces: las clases medias urbanas y el movimiento obrero.

El legado
El Tucumanazo fue la expresión en la calles de nuestra ciudad de la alianza que en la lucha contra las dictaduras de Onganía, Levington y Lanusse se gestó en todo el país entre vastos sectores de las clases medias y otros sectores populares que respondían a tradiciones políticas y culturales distintas. Esa poderosa alianza política y social, básicamente anti dictatorial y con el socialismo como horizonte de época, se expresó en ese momento a través de la consigna “Obreros-estudiantes, unidos adelante” que coreaban los manifestantes. La formidable marea popular de aquellos años hizo retroceder a la dictadura de Lanusse y la obligó a llamar a elecciones. Sin embargo, no mucho después, el proceso revolucionario abierto encontraría su punto de quiebre definitivo con el sangriento golpe de Estado de marzo del ’76.
Hoy, el Tucumanazo, al igual que el Cordobazo, ha quedado demasiado lejos en la experiencia de las nuevas generaciones. Se trata de acontecimientos pertenecientes a configuraciones político-sociales históricamente muy distantes que es necesario recuperar a través de la memoria, la investigación y el análisis. Hay que tener en cuenta que a los jóvenes de aquel entonces el 17 de Octubre del ‘45 nos parecía algo muy remoto, casi la “prehistoria”, y habían pasado sólo 25 años. Sin embargo, hay un legado de aquellas puebladas que tiene gran actualidad y que volvió a demostrar toda su eficacia política y social en “las jornadas de diciembre” de 2001. Ese legado no es otro que la inédita confluencia política y social que inauguraron entre las clases medias urbanas y el movimiento obrero. Allí sigue residiendo la clave que va a permitir transformar la Argentina.
Cuarenta y un años después los fuegos del Tucumanazo arden todavía en el corazón y la memoria.