martes, 20 de diciembre de 2011

Crónica de un estallido varios años anunciado


Este artículo lo escribí a los pocos días del estallido de diciembre de 2001, no existían entonces ni blogs ni redes sociales, lo comparto de nuevo porque creo que conserva actualidad.



“Yo anuncio un largo día de cólera
en la ciudad junto al río de mi Patria”
Leopoldo Marechal


Las jornadas del 19 y 20 de diciembre pasado tumbaron al gobierno de Fernando la Rúa e introdujeron al país en una crisis política sin precedentes. En un vértigo desconocido vimos a una serie de hombres sucederse en la presidencia: Ramón Puertas, Adolfo Rodríguez Saá, Eduardo Camaño, y -¿finalmente?- Eduardo Duhalde. Por primera vez en la historia argentina un presidente elegido por el voto fue derrocado por un levantamiento popular. ¿Qué había sucedido? El discurso pronunciado la noche del miércoles 19 por De la Rúa no dejó dudas de que éste se había convertido en el garante del modelo instaurado por Menem a principios de los 90. Ahí estaba la declaración del estado de sitio para confirmarlo. La gota rebalsó el vaso. De nada sirvieron los intentos del establishment por sacralizar la institución presidencial. Hasta el día antes a través de algunos medios se acusaba de golpista al que se atrevía a plantear que el presidente debía irse si no cambiaba de rumbo. “De la Rúa debe cumplir su mandato”, afirmaban algunos con tono solemne. Ahora bien, ¿cuál era el mandato emanado de las elecciones de 1999?, que alguien llevara el bastón y la banda presidencial por cuatro años independientemente de lo que hiciese o el cumplimiento del programa prometido. Escudado en su envestidura el presidente pensaba gobernar dos años más a contrapelo de la voluntad popular. Pero el estallido social desnudó, dramáticamente, la verdad: De la Rúa se había vaciado de toda legitimidad al enfrentarse sistemáticamente a todos los sectores populares, incluidas las clases medias porteñas que habían cimentado históricamente su ascenso político.
La explosión de ira popular no llegó como un rayo en un cielo sereno. Algo se sentía al respirar en los días anteriores. Pero nadie previó que la protesta alcanzaría la dimensión de estallido social y menos aún que en el lapso de 24 horas rodarían, sucesivamente, las cabezas de Caballo y la del propio presidente. Un acontecimiento de esta naturaleza puede intuirse, pero nadie puede anticipar ni la fecha ni la hora. “El estallido social está cerca”, “el pueblo va a hacer tronar el escarmiento” fueron frases que se repitieron a lo largo de las últimas décadas en el país. Condiciones para que un hecho así se produjera no faltaban. Sin embargo los años pasaban y el anunciado estallido no se materializaba. Aquí y allá se sucedieron a lo largo del país distintos tipos de protestas (El Santiagueñazo, por ejemplo), pero ninguna logró elevarse a la categoría de “estallido social”. Las advertencias sobre la inminencia de una rebelión popular terminó por no preocupar a los gobiernos que aplicaban políticas que arrojan a millones a la pobreza. En los propios sectores populares más de una vez cundió el desaliento: ¿tendrían razón aquellos que pregonaban que ahora la historia y la política se movían por carriles distintos y que las menciones a posibles rebeliones populares formaban parte de una épica definitivamente sumergida en el pasado?
Había un hecho cierto. La última gran rebelión popular había sido El Córdobazo de 1969 y la serie de puebladas que lo sucedieron al poco tiempo en distintas provincias (por ejemplo, El Tucumanazo y El Mendozazo). Los que eran jóvenes durante El Cordobazo y El Tucumanazo envejecieron esperando que llegase El Porteñazo que a muchos de ellos les parecía inminente. Finalmente llegó, muchos años después de lo esperado y en un país muy distinto al de los años 60 y 70. No había ya en el poder dictaduras militares sino gobiernos elegidos democráticamente dedicados a defraudar la voluntad popular que los había encumbrado.
El 19 de diciembre en el gobierno había la convicción de que si algo se producía podía ser controlado e incluso utilizarse a favor de sus planes: por ejemplo perpetuarse en el poder a través del estado de sitio. Esa mañana ante las preguntas de los periodistas sobre los crecientes saqueos el presidente se mostró confiado e hizo mención a los sucesos de General Mosconi para demostrar que podía dominar cualquier situación. El año se terminaba: unos días más y zafaban, por los menos hasta marzo. De la Rúa no pensó nunca que en las próximas horas los saqueos en el país alcanzarían el mismo número que en los dos últimos meses de Alfonsín; que a la noche las clases medias porteñas harían sonar sus cacerolas y ganarían las calles pacíficamente; y que el jueves los manifestantes que se reunieron en Plaza de Mayo a pesar de la feroz represión no se dispersarían y que volverían una y otra vez hasta obtener su renuncia.
Tras las jornadas de diciembre la relación de fuerzas, al menos por el momento, ha cambiado a favor de los sectores populares. Los programas esbozados por Rodríguez Saá y el propio Duhalde -con sus vacilaciones e independientemente del oportunismo o convicción de quienes lo formulan- expresan esa nueva situación. Se avecina una dura lucha contra el bloque de poder (bancos, privatizadas, etc) que no está dispuesto a resignar el más mínimo privilegio. La gente se mantiene alerta. Los cacerolazos no cesan y obligan a ser muy cuidadosos a los gobernantes. La irrupción de esta forma de protesta por parte de las clases medias porteñas ha sido sin duda un hecho singular y decisivo. Sin embargo ha comenzado a circular a través de los medios un “relato mítico” de lo sucedido. Según esta versión, que repiten algunos periodistas y politicólogos, el gobierno de De la Rúa habría sido derrocado fundamentalmente por la pacífica manifestación de las clases medias que marcharon el miércoles por la noche hacia Plaza de Mayo. Se aísla así la espontánea y sorpresiva irrupción en escena de un sector social para convertirlo en el protagonista único. No sólo eso: se contrapone este tipo de protesta a las del movimiento obrero y otras organizaciones populares. “Dónde estaban los sindicatos”, se pregunta con insidia. Se oculta deliberadamente que la caída del gobierno es la consecuencia de un proceso de lucha que tuvo su resolución final y dramática los días 19 y 20 de diciembre. Se olvida también que el punto de arranque más inmediato del proceso de movilización que acabó con el gobierno fue el paro nacional del día 14 de diciembre convocado por la CTA y la CGT rebelde. La huelga de ese día mostró algunas particularidades que preanunciaban lo que vendría después: por primera vez algunos comerciantes se plegaron a la protesta y salieron a las calles. Además entre el paro y el estallido siguiente tuvo lugar el plebiscito convocado por el Frente Nacional contra la Pobreza donde más de 3 millones de argentinos se pronunciaron a favor de un salario digno para los jefes de familia desempleados. En realidad, el estallido social tuvo lugar sobre un escenario que fue ocupado, sucesivamente, en el lapso de una semana por distintos actores: el movimiento obrero, los desocupados y otros excluidos sociales, y las clases medias.
El relato que exalta el poder de las cacerolas y lo contrapone a otras formas de lucha, las huelgas por ejemplo, además de deformar la realidad de los hechos crea una falsa conciencia en sus protagonistas. En principio tiende a alimentar la ilusión en las clases medias de que pueden enfrentar solas y con éxito al bloque de poder. Un proyecto de este tipo está condenado al fracaso; las experiencias del alfonsinismo en los 80 y la de la Alianza en estos años lo demuestran. Ambos movimientos empezaron con un discurso “progre” y terminaron presos de los banqueros. También ambos tomaron distancia del movimiento obrero y terminaron enfrentándolo. La Alianza incluso contó en sus inicios con las simpatías de la CTA y del entonces MTA de Moyano y Palacios, pero hombres como Chacho Alvarez decidieron que no se someterían a la presión de los sindicatos. Ya sabemos cómo terminó la historia.
La movilización popular de diciembre ha abierto una brecha. Fuerzas poderosas se aprestan a cerrarla. Para defender y profundizar el terreno ganado las clases medias y el movimiento obrero deben empujar del mismo lado. No hay destino para ninguno de los dos por separado.
                                                            

domingo, 13 de noviembre de 2011

Los fuegos del Tucumanazo

“Tucumán era Kosovo”, me dijo el ex gobernador de facto de la provincia, Carlos Imbaud, en un reportaje que le realicé a fines de los ‘90 para El Periódico. Se refería al espectáculo que ofrecía la ciudad de San Miguel de Tucumán, al observar desde el avión que lo traía desde la Capital Federal, los fuegos de las barricadas que aún ardían dentro de las 64 manzanas tomadas por los manifestantes. Era la madrugada del 11 de noviembre de 1970. Desde el día anterior el movimiento estudiantil con el apoyo de distintos sectores populares había puesto en marcha una protesta que superando a las fuerzas de seguridad locales se adueñó de las calles de la ciudad y obligó al gobierno de la dictadura militar a recurrir a la presencia de la gendarmería y a un cuerpo especial de la Policía Federal. La pueblada que se extendió por cuatro días, del 10 al 13 de noviembre, pasó a la historia como el Tucumanazo y se inscribe dentro de una serie de grandes levantamientos populares contra la dictadura militar de entonces que se iniciaron con el llamado Cordobazo, el 29 de Mayo de 1969. La comparación con Kosovo hecha por el ex gobernador tenía que ver con que a fines de los ‘90 el conflicto en los Balcanes dominaba la noticia política internacional y estaba asociado al caos y la violencia.
Le comenté a Imbaud, un poco para crear un clima distendido en el reportaje y también por un impulso del momento, que yo había estado ahí abajo al igual que tantos otros jóvenes de la época alimentando el fuego de las barricadas que él había visto desde el aire y aproveché la ocasión para contarle una anécdota que lo involucraba. La noche de la declaración del estado de sitio mi hermano y yo, junto a otros militantes estudiantiles, habíamos quedado aislados en la zona sur de la ciudad así que decidimos refugiarnos hasta el día siguiente en la casa de un compañero ubicada exactamente en la esquina de la manzana. La mayor parte de la zona céntrica de la ciudad estaba a oscura y era patrullada por los federales para dispersar los últimos focos de manifestantes. De pronto, desde una de las ventanas de la casa donde nos habíamos apostados, con las luces apagadas y en silencio, observamos unos movimientos subrepticios sobre la calle en la esquina. Nuestra sorpresa fue grande cuando distinguimos que unos cuatro niños, entre los 12 y 13 años, encendían un fuego sobre el pavimento y haciendo una ronda alrededor de él coreaban un cantito varias veces antes de volver a desaparecer entre las sombras.“Imbaud corazón / la barra te saluda/ la puta que te parió”. No cabían dudas, el repudio a la dictadura era masivo. 
  
 ¿Una épica sumergida en el pasado?
Imbaud se río, le pareció una anécdota pintoresca, pero se defendió argumentando que él había tenido una política de conciliación e intentado varias veces el diálogo, infructuosamente, ya que había sectores interesados en resolver violentamente el conflicto. De todos modos, me dijo, habían pasado muchos años y el Tucumanazo era parte del pasado, de una Argentina que ya no existía. Estábamos en 1999. De la Rúa había llegado al poder a través de la Alianza; el menemismo llegaba a su fin, pero no las políticas neoliberales que habían dominado la década del ‘90. La historia parecía darle la razón a aquellos que afirmaban que las menciones a posibles rebeliones populares como el Cordobazo o el Tucumanazo formaban parte de una épica definitivamente sumergida en el pasado.
Sin embargo, la historia se encargaría de contradecir al interventor militar. Tan sólo dos años después de aquella entrevista el país asistiría a una de las crisis más profundas de su historia y a una rebelión popular que significaría el quiebre de la hegemonía ideológica que el neoliberalismo había logrado ejercer durante más de 10 años en el país. Nuevamente una gran rebelión popular, al igual que aquellas de fines de los ‘60 y comienzo de los ‘70, lograría transfigurar el escenario político y social de la Argentina. El epicentro de ese estallido social tantas veces anunciado fue la ciudad de Buenos Aires en las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001. El Porteñazo, que los jóvenes que participaron del Cordobazo y el Tucumanazo habían envejecido esperando, finalmente se hizo realidad. Llegó, es verdad, muchos años después de lo esperado. No había ya en el poder dictaduras militares sino gobiernos elegidos democráticamente dedicados a defraudar la voluntad popular que los había encumbrado. Pero, al igual que el Tucumanazo y el Cordobazo, “las jornadas de diciembre” cambiaron la relación de fuerzas entre el bloque de poder y los sectores populares a favor de estos últimos y abrieron un nuevo ciclo político y social en el país. Más de treinta años después la épica popular volvió a reaparecer. Se trataba, sin duda, de un país distinto al de los años ‘60 y ‘70, pero los actores políticos y sociales básicamente eran los mismos de entonces: las clases medias urbanas y el movimiento obrero.

El legado
El Tucumanazo fue la expresión en la calles de nuestra ciudad de la alianza que en la lucha contra las dictaduras de Onganía, Levington y Lanusse se gestó en todo el país entre vastos sectores de las clases medias y otros sectores populares que respondían a tradiciones políticas y culturales distintas. Esa poderosa alianza política y social, básicamente anti dictatorial y con el socialismo como horizonte de época, se expresó en ese momento a través de la consigna “Obreros-estudiantes, unidos adelante” que coreaban los manifestantes. La formidable marea popular de aquellos años hizo retroceder a la dictadura de Lanusse y la obligó a llamar a elecciones. Sin embargo, no mucho después, el proceso revolucionario abierto encontraría su punto de quiebre definitivo con el sangriento golpe de Estado de marzo del ’76.
Hoy, el Tucumanazo, al igual que el Cordobazo, ha quedado demasiado lejos en la experiencia de las nuevas generaciones. Se trata de acontecimientos pertenecientes a configuraciones político-sociales históricamente muy distantes que es necesario recuperar a través de la memoria, la investigación y el análisis. Hay que tener en cuenta que a los jóvenes de aquel entonces el 17 de Octubre del ‘45 nos parecía algo muy remoto, casi la “prehistoria”, y habían pasado sólo 25 años. Sin embargo, hay un legado de aquellas puebladas que tiene gran actualidad y que volvió a demostrar toda su eficacia política y social en “las jornadas de diciembre” de 2001. Ese legado no es otro que la inédita confluencia política y social que inauguraron entre las clases medias urbanas y el movimiento obrero. Allí sigue residiendo la clave que va a permitir transformar la Argentina.
Cuarenta y un años después los fuegos del Tucumanazo arden todavía en el corazón y la memoria.

lunes, 24 de octubre de 2011

Una espectacular vuelta de la historia


Golpe al corazón

El triunfo arrasador de Cristina de este domingo completa uno de los giros políticos y sociales más espectaculares que se hayan visto en nuestra historia. De la derrota política ante el campo en julio de 2008, y la consecuente derrota electoral de junio de 2009, a la aplastante victoria actual. En poco más de 2 años el gobierno revirtió una situación casi terminal y no sólo consiguió derrotar electoralmente a la oposición sino que la dejó totalmente dispersa a más de 35 puntos de distancia. La oposición y el bloque de poder de la Argentina, al cual sirve la mayoría de ella, no logra salir de su estupefacción aunque el resultado de las primarias de agosto les haya anticipado lo que se venía (las pesadillas lo son, precisamente, porque se repiten). Lo que no terminan de entender es cómo dejaron escapar hace dos años una situación, en la que a su parecer y el de otros muchos, el gobierno estaba para el tiro de gracia. Es el estupor del que se acerca a dar el golpe final al caído y éste desde el suelo, en un movimiento sorpresivo, le acierta una puñalada al corazón. Algo así no suele suceder con frecuencia ni en la Historia ni en la vida, pero esta vez sucedió.

Las razones

¿Cómo fue posible? La respuesta, según la oposición, hay que buscarla en el crecimiento de la economía, que actúa como “viento de cola”, y en el aumento del consumo popular que trae aparejado. Olvidan así que el gobierno tuvo que hacer frente en el momento de mayor debilidad política a la crisis económica mundial de 2008-2009 y con el timón muy firme preparar velas para cuando los vientos cambiaran.

En realidad, la resucitación política y social del kirchnerismo tiene que ver con la voluntad política de Cristina y Néstor Kirchner de dar pelea, de no capitular ante el bloque de poder, y al mismo tiempo de llevar adelante algunas de las medidas que los sectores nacionales y populares más consecuentes y lúcidos venían planteando con insistencia desde el conflicto del campo como necesarias para retomar la iniciativa.

La derrota a veces engendra victorias

Durante la pelea por las retenciones el gobierno confrontó con la oposición en “una guerra de movilizaciones” que mostró una inesperada paridad de fuerzas y cuyo corolario fue la derrota en el Senado a manos de Cobos. En todo ese tiempo el gobierno no tomó ninguna medida nacional o popular trascendente a pesar de las voces que advertían de que “no se podía ganar la guerra sin hacer la revolución”. Es decir, sin avanzar en el proceso de transformación del país.

Néstor Kirchner tomó nota de esto sin duda cuando en julio de 2008, a los pocos días de la derrota en el Senado, en un encuentro con los intelectuales de Carta Abierta, reflexionó: “Quizás debamos agradecerle a la Mesa de Enlace el habernos despertado”. En consecuencia, cuando los opositores se restregaban las manos creyendo que el gobierno iba a deponer las armas, a condición de que los dejasen terminar el mandato, Cristina y Néstor avanzaron. Fue una sucesión de medidas que dieron de nuevo impulso y profundidad al proceso de transformación iniciado en 2003 y entre ellas se destacan si duda: la estatización de los fondos de pensiones, la nueva ley de medios audiovisuales, la ley de matrimonio igualitario y la asignación universal por hijo.

De modo, que bien vista, la actual victoria tiene su origen en la lucha política, ideológica y cultural librada a principios de 2008 con motivo de las retenciones a la soja. Es verdad que el conflicto concluyó en ese momento con una derrota para el gobierno, pero lo es también que fue una gran escuela de aprendizaje para millones de argentinos (incluido nuestros gobernantes) sobre cómo funcionan las estructuras y mecanismos de dominación en nuestra patria y la confirmación a su vez de la necesidad de avanzar y profundizar el proceso iniciado en 2003.

Se dice que “la derrota es huérfana”, pero a veces genera hijos que construyen grandes victorias.

sábado, 12 de febrero de 2011

El reino de la libertad


Las imágenes del pueblo egipcio en las calles dan vuelta el mundo. El Cairo es una fiesta. Momento de júbilo, de victoria. Durante 18 días la “ola de estremecido rencor, de derecho pisoteado”, ha golpeado una y otra vez la muralla del poder. La soberbia del tirano ha sido doblegada por la tenacidad colectiva. Las rebeliones populares no pertenecen a una épica del pasado. La Historia no ha terminado y siempre trae cosas nuevas, da sorpresas. No es ya el periódico de la vanguardia el organizador colectivo de la insurrección. Ahora la chispa fluye por Internet, redes sociales, blogs, celulares. El virus circula más rápido y el peligro de contagio es mucho mayor. Los poderosos del mundo miran con preocupación. La gente en las calles de Egipto festeja. Saben que se trata de un respiro, que la lucha no ha terminado y que el enemigo planea su próxima jugada. Pero esta noche es noche de festejo. Hay que decirlo: no han luchado y ofrendado la vida de más de 300 hermanos y compañeros sólo por un futuro mejor. Lo han hecho también por conquistar un día de libertad como éste, una noche de libertad como ésta. Un momento único, irrepetible, en que se puede tocar el cielo con las manos. (“Este es el mejor día de mi vida”, declara un manifestante). Pero saben que mañana no van a despertar en el reino de libertad. Saben que mañana van a tener que enfrentarse, una vez más, al reino de la necesidad. Es decir, la desigualdad, el atraso, la explotación. Nada les garantiza la victoria definitiva. Pero han dado un paso decisivo hacia ella.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Néstor renacido estandarte


Son las 20 horas del jueves 28 de octubre. Una cola interminable viborea entre las calles de la ciudad de Buenos Aires. Miles de personas esperan pacientemente su turno para entrar a la Casa de Gobierno y darle su adiós al ex presidente Néstor Kirchner. Lo primero que llama la atención es la gran presencia de jóvenes. La cola se mueve lentamente, pero de tanto en tanto una corriente de energía la recorre y estremece. Innumerables brazos se agitan acompañando los cánticos que estallan: Néstor no se murió/ Néstor no se murió/ Néstor vive en el pueblo que lo heredó/; Andate Cobos la puta que te parió/ Andate Cobos la puta que te parió/; Patria sí, colonia no/ Patria sí, colonia no/. En el interior de La Rosada se suceden escenas conmovedoras que la televisión reproduce y hace llegar a todos los rincones del país. Rompiendo la solemnidad habitual de los funerales, al llegar a la sala donde Cristina se mantiene estoica junta al féretro de su marido, la gente grita llevándose la mano al corazón, levantando el puño o los dos dedos en V: “Gracias Néstor”; “No afloje Cristina”; “Te queremos y te apoyamos”; “No te vamos a dejar sola”. Hay dolor y pena en la multitud, pero no resignación. Afuera en la fila, junto a un amigo y compañero de militancia de los años 70, espero mi turno para llegar a la sala donde yace Néstor. No puedo dejar de pensar en la muerte de Perón; la masividad de las muestras de dolor sólo es comparable a la de ese ya lejano día de hace 36 años. Salvo una diferencia importante. Al morir Perón, junto a la consternación, un sentimiento ominoso se apoderó de la gente; un presentimiento de que las cosas, inevitablemente, iban a empeorar. Sin un conductor nadie podría detener ya el enfrentamiento interno ni a la reacción que actuaba tanto desde dentro como desde fuera del movimiento. La multitud en cambio que se ha acercado hoy a despedir a Kirchner no está dominada por presagios lúgubres. Todo lo contrario. Hay pesar, pero también voluntad de lucha, esperanza. Una de la mañana del viernes 29 de octubre, luego de cinco horas estoy en el Salón de los Patriotas Latinoamericanos. Al fondo distingo la imagen del Che Guevara entronizada durante el Bicentenario (un combate simbólico ganado por los Kirchner). Más allá de la muerte, soñador y eternamente joven, Guevara contempla la escena. Observó el ataúd. Está cubierto por la bandera argentina y por distintos presentes que los dolientes han ido dejando, entre ellos el pañuelo de una de las Madre de Plaza de Mayo. Ni en sus más febriles sueños, pienso, debe haber imaginado Kirchner, presente como uno más en las exequias de Perón, que tendrían que transcurrir 36 años para que el pueblo se vuelque otra vez a las calles masivamente a manifestar su dolor por un líder político y que esa vez el muerto ilustre sería él. Alguien grita a mi lado: “Gracias Néstor, vamos a continuar tu lucha”. Varias personas rompen en llanto, entre ellos algunos jóvenes. Apesadumbrados caminamos hacia la salida de La Rosada. Atrás, custodiado por cuatro granaderos imperturbables y su doliente esposa, quedan los restos del ex presidente. Néstor, el Pingüino, el peleador. El hombre que ganó batallas y también las perdió. Aquel que cuando todos los daban por muerto, después de la derrota ante el campo, se levantó y siguió peleando y propinando golpes ante el estupor de sus rivales. Lo que parecía imposible hace dos años se había vuelto una posibilidad concreta: Kirchner podía ganar las elecciones presidenciales de 2011. Pero para completar su imagen heroica los dioses decidieron llevarlo en su mejor momento. Afuera de La Rosada, en Plaza de Mayo, miles de personas agitan cartelones y banderas con la imagen de Kirchner. Renacido estandarte la multitud lo levanta y se prepara para ganar con él los próximos combates.

miércoles, 2 de junio de 2010

La Argentina que descubrió la fiesta



Inesperadamente, a lo largo de cinco días, seis millones de personas se volcaron a las calles de la ciudad de Buenos Aires a celebrar los 200 años de la Revolución de Mayo. Se trata sin duda de un acontecimiento que no tiene antecedentes en la historia de nuestro país; tampoco es fácil encontrar un experiencia parecida en el resto del mundo. Se puede citar, por supuesto, las movilizaciones con motivo del regreso de la democracia en 1983 o los festejos por los títulos obtenidos en los mundiales de fútbol de 1978 y 1986, pero está claro que estos festejos estuvieron lejos de la masividad espectacular de las celebraciones del Bicentenario. Tal vez lo que más se le asemeje, en masividad al menos, sea la multitud (calculada en 3 millones de personas) que convocó el general Perón en su regreso al país en junio de 1973.
Cualquiera sean las comparaciones lo que se impone de inmediato es el carácter singular de este Bicentenario, no sólo por la multitudinaria participación que logró, sino también porque durante su transcurso se mezclaron componentes propios de toda celebración con elementos simbólicos, culturales e ideológicos inéditos en una celebración de este tipo. Un Bicentenario como el que finalmente vivió el país no estaba en los cálculos de nadie. Ni siquiera en el de sus organizadores, que hay que resaltar, apostaron en grande. Menos todavía en las previsiones de los integrantes de la oposición política y mediática que desde un principio trataron de reducir la acción del gobierno al supuesto gesto de confrontación de la presidenta al decidir no asistir a la ceremonia del Colón y a los problemas de tránsito que podía acarrear la gigantesca fiesta organizada por el oficialismo.
Unos día antes Macri se refirió en un programa de televisión, con su afectado tono de porteño cheto, a los problemas que iba a traer a la ciudad, “la locura de esta gente que piensa cortar la 9 de Julio”. La mayoría de los canales comenzaron el día viernes 21 destacando los embotellamientos y otras dificultades que estaba causando la organización de los actos. Uno de los periodista llegó recomendar que directamente la gente tratase de evitar el centro. Posteriormente, cuando observaron azorados la multitudinaria participación que tenía lugar no les quedó otra que reflejar lo que estaba sucediendo y hablar sobre “la conmovedora presencia del pueblo” y otros lugares comunes para la ocasión.
En un último intento concentraron sus esfuerzos en la fiesta de gala organizada por Macri en el Colón y en el Tedéum presidido por Bergoglio en la Catedral, pero fue inútil. La presencia multitudinaria de la gente en las calles eclipsó la mise en scéne montada por la derecha. No hay que olvidar, como denunció en su momento Horacio Verbitsky, que un sector de la oposición pretendía hacer del Tedéum de la Catedral una multitudinaria manifestación en contra del gobierno a semejanza de la procesión de Corpus Christi que precedió en junio de 1955 al golpe contra Perón.
Al fin nada de eso sucedió. La multitud no salió a las calles a repudiar al gobierno, simplemente salió a festejar. Y en virtud del contraste con el clima de crispación, miedo y desesperanza que según los medios dominaba al país adquirió una significación política claramente positiva para el gobierno.

Fiesta y memoria
Sin poder salir todavía de su sorpresa los dirigentes de la oposición y los principales columnistas de los medios han salido desesperados a tratar de imponer un relato sobre lo sucedido en los festejos del Bicentenario que no los deje mal parados y si es posible que le quite todo merito al gobierno. El pueblo, dicen con fingida humildad, nos ha dado una lección a todos, principalmente a los dirigentes, sobre todo, claro, a aquellos que gustan de las confrontaciones (léase Néstor y Cristina) y salió a las calles dejando atrás las diferencias partidarias y banderías políticas.
La afirmación encierra, es cierto, su verdad, pero se trata de una verdad de Perogrullo, ya que está en la naturaleza de toda fiesta borrar las diferencias y sumergir el “yo” en un “nosotros” que puede representar un pequeño grupo o una comunidad mayor como la nación. Como dice Serrat en su canción Fiesta: “Hoy el noble y el villano, el prohombre y el gusano bailan y se dan la mano sin importarles la facha”. En el caso de la conmemoración de un acontecimiento histórico como la del Bicentenario la celebración remite además al origen. Es decir, al relato que nombra a los personajes y a los hechos que éstos desencadenaron para que nosotros lleguemos a ser lo que somos: argentinos. Hubo fiesta (disolución de las diferencias ) pero también conmemoración (ejercicio de la memoria histórica).

“No todo está mal”
Ahora bien, lo que no pueden explicar los analistas de la oposición es cómo se gesto en la población ese espíritu festivo y patriótico en una sociedad donde, según el relato dominante, “todo está mal“. Es cierto que la población a través de un proceso complejo, cuya razón última se nos escapa, y que sin duda debe ser objeto de análisis decidió participar y salió a la calle. Pero para que esto sucediera era necesario que alguien interpelara a la ciudadanía, que la convocase a celebrar y que lo hiciese en grande. Tan en grande como cortar la 9 de Julio y programar una serie de actos y espectáculos sucesivos, uno mejor que otro, durante los cinco días de celebración. El mérito del gobierno en esto es tan evidente que tanto Felipe Solá como Elisa Carrió se sintieron obligados a reconocerlo en el recinto del Congreso.
¿Por qué? ¿Se trató acaso de un rapto de honestidad política y ciudadana?
No. Lo hicieron porque en realidad entendieron el mensaje principal que dejó la participación multitudinaria de la población en el Bicentenario: “No todo está mal”. Felicitaron al gobierno por la organización de los festejos porque, al menos momentáneamente, no pueden sostener el discurso, refutado por el éxito de los festejos, de que nada de lo que los Kirchner hacen está bien.

Torrijos, Sandino y el Che llegan a la Rosada
La organización de los festejos del Bicentenario supuso un gran logro político y cultural para el gobierno. Esta afirmación no significa extraer conclusiones sobre futuras conductas políticas o electorales de la población a partir de un hecho social y cultural sin precedentes. De ningún modo. Se trata simplemente de señalar el papel protagónico que tuvo la presidenta Cristina Kirchner junto a su pares latinoamericanos durante los festejos. La misma mujer que hace dos años algunos consideraban que tenía los días o los meses contados se permitió un baño de multitudes e innumerables muestras de afectos al caminar junto a Evo, Lula, Chávez y Lugo desde la Rosada hasta el Cabildo. Antes había inaugurado en un hecho que no tiene precedentes en el resto del continente la Galería de los Patriotas Latinoamericanos. Las multitudes que seguían la ceremonia por la televisión pudieron ver reunidos en una misma sala las imágenes de Miranda, San Martín, Martí, Torrijos, Sandino, Yrigoyen y Perón, entre otros tantos patriotas de la Patria Grande. Pero la frutilla del postre fue el retrato de Ernesto Che Guevara. Hay que reconocer la audacia de los Kirchner al entronizar la imagen del Che en la Rosada. Quizás alguien como Pino Solanas, por ejemplo, argumente que se trata de otro acto de simulación del gobierno. Se trataría entonces de una paradoja que un director de cine no valore adecuadamente la importancia de los símbolos en el combate cultural e ideológico contra el sistema de dominación. Es en este plano simbólico cultural donde el gobierno obtuvo su principal éxito durante la celebración de Bicentenario.
El hecho no pasó desapercibido para los columnistas de la oposición que rápidamente salieron a denunciar el relato que el gobierno hizo de los hechos históricos más relevantes desde el 25 de Mayo hasta nuestros días. Sin duda el relato que se desprende de la serie de actos programados para rememorar nuestro 200 años de historia se aleja de la vacuidad que por lo general domina estas ceremonias y se inscribe en la tradición del pensamiento nacional, popular y democrático. Desde el principio el gobierno, con la presencia de los mandatarios latinoamericanos, puso a la Patria Grande cómo marco de la celebración y luego interpeló a la población con serie de actos como la mencionada galería inaugurada en la Rosada, la proyección sobre las paredes del Cabildo y el formidable espectáculos de carrozas del grupo Fuerza Bruta. A su vez muchos de los músicos que se sucedieron sobre el escenario de la 9 de Julio mecharon sus intervenciones con breve comentarios que se inscriben en un discurso democrático y popular. Una certeza surge de todo esto. La oposición, tanto en su versión conservadora como liberal, nunca podría haber organizado un festejo como el que vivimos. De todo esto se desprende la potencia del pensamiento nacional y popular que, por supuesto, excede al kirchnerismo, pero que éste, y ese es su gran mérito, puso en acto durante la celebración del Bicentenario.

Nunca nada se pierde o gana definitivamente
Una vez más, como muchas otras veces en la historia las masas, las multitudes, la muchedumbres, como se quiera llamarles, irrumpieron inesperadamente en la escena y se produjo un acontecimiento de una naturaleza y dimensión que no fue previsto por nadie. Un humor social distinto al que describían los medios se apoderó de la escena nacional. Tal vez, si miramos hacia atrás, como sucede una vez que se desencadena un proceso y éste adquiere una forma definitiva (seis millones de personas en las calles), podamos encontrar algunos indicios de lo que se estaba gestando. Una de esas señales quizás haya sido la sorprendente masividad que tuvieron en marzo pasado sobre todo en Buenos Aires los actos en conmemoración del golpe del ‘76. Del mismo modo puede interpretarse la movilización de más de 50 mil personas en contra de la suspensión de la nueva ley de medios. También hay otras cuestiones a tener en cuenta al intentar explicar lo que pasó en la semana de mayo. Han transcurrido ya casi dos años del conflicto con el campo que terminó en una gran derrota política del gobierno en el Senado y que luego se tradujo en el revés electoral de Kirchner el 29 de junio del año pasado. Las pasiones y rencores que desató el conflicto sobre todo en sectores de clase media parecen haber cedido significativamente. A todo ello contribuyó sin duda el evidente crecimiento de nuestra economía en contraste con la dramática situación que viven países como España y Grecia (aún está vivo el recuerdo del 2001). A su vez, la presidenta, tras la derrota no cedió a la presiones del bloque oligárquico y muy por contrario tomó una serie de medidas de alto impacto entre las que se destacan la estatización de los fondos de pensiones, la ley de medios y la asignación universal. Todas estás medidas y muchas otras ayudaron sin duda a generar el nuevo cuadro de situación. Nuevamente la realidad nos enseña que nada está perdido o ganado definitivamente y que la suerte, como el ánimo de la gente, es cambiante. Basta recordar por un momento el clima político y social de hace dos años tras la derrota del gobierno ante el campo y el actual tras los festejos del Bicentenario. El comentario irónico de Kirchner a los pocos días del voto no positivo de Cobos adquiere ahora un sentido pleno: “Tal vez tengamos que agradecerle a la Mesa de Enlace el habernos despertado”.

miércoles, 20 de enero de 2010

¿De qué se ríe la jueza Sarmiento?


El compañero Pablo Fontdevila subió este comentario al blog que comparto con ustedes.



¿Qué sonrisa la de la María José Sarmiento, no? Transmite confianza y seguridad, satisfacción por lo hecho, por el deber cumplido. Es difícil encontrar esa cara en un funcionario. Y en los jueces, personas siempre severas, más todavía. Al fin y al cabo, la neutralidad le exige a los magistrados un rostro afable, pero NO transparente, si se mira desde el lado de sus emociones. Por respeto digo. Los jueces, se dice, hablan por sus fallos, nunca por su cara. ¿Porqué se ríe Sarmiento entonces?, con esa sonrisa tan amplia y hasta contagiosa (sino fuera por las funestas consecuencias de sus actos).

Tal vez sea porque dejó al Gobierno “de una pieza”. O sea, de imaginarse la cara de la Presidenta de la Nación después de su fallo. También por acompañar la alegría del círculo corporativo-financiero, mediático, y político que la alentó. Pero tanta seguridad y aplomo en esa sonrisa dicen mucho más. Dicen, seguramente, de la pertenencia a un ámbito social y político que se siente cada vez más seguro de que esta “pesadilla” iniciada en 2003 va a terminar pronto. Que si se “ayuda” con algunos contratiempos por venir, los “K” no podrán ya aplicar las políticas que impulsaron (sobre todo en el gobierno de Cristina). Que no falta tanto para volver a un país “normal”, donde “el campo” o “los medios”, no solamente dejen de ser "perseguidos" sino que sean convocados como actores privilegiados a la mesa donde se acuerden las “políticas de Estado”. Esto es, políticas “bosta de paloma” (diría Perón), que suponen acuerdos tan amplios que no cambian nada de lo ya establecido ni el lugar social de sus beneficiarios.

Sarmiento no sólo ha disfrutado con su fallo. Con todo descaro ha cambiado la carátula del expediente para sacarlo de los tramites urgentes y lo ha cajoneado por todo el tiempo que el más largo de los plazos del código procesal se lo permita. Es decir, se envalentonó con su primer éxito y, embriagada ha profundizado su agravio y su…placer.

Finalmente supimos qué hay detrás de ella. O mejor, de qué ambiente proviene la magistrada. Porque lo sospechábamos, tanta confianza y seguridad suelen acompañar a los que se sienten, desde siempre, amos del país. El padre de la jueza, un coronel del Ejército llamado Luis Alberto Sarmiento, fue importante funcionario de la dictadura militar instaurada en 1966. Y tiene una causa por el homicidio de un estudiante, provocada por torturas. No quiere la jueza a este gobierno. Pero ríe. Tuvo una oportunidad y consiguió ella también, sus cinco minutos de fama.