viernes 25 de julio de 2008

¿Por qué fue derrotado el gobierno?


Por Horacio Elsinger

Traición en la madrugada

El gobierno de Cristina Kirchner ha sido herido gravemente. El encargado de asestar la puñalada fue su compañero de fórmula presidencial Julio Cobos. A través de una teatral exposición (“No sé por qué la historia y la vida me pone a mí en esta situación”) el presidente del Senado intentó darle visos de tragedia griega a lo que en verdad era una farsa. El jueves 17 a la madrugada, tras cuatro meses de conflicto entre el llamado “campo” y el gobierno, la suerte de la batalla quedó en manos de Julio Cobos. El hombre que llegó a la vicepresidencia colgado del saco de Cristina decidió contribuir a la historia universal de la infamia y voto en contra de su propio gobierno. De esta manera la oposición lograba su propósito de hacer retroceder al Ejecutivo en su decisión de imponer retenciones móviles a la soja.

Ahora bien, ¿cómo fue posible esta derrota del gobierno a tan sólo seis meses de su inicio?

Lo primero que hay que señalar es que nadie previó ni imaginó nunca que el conflicto adquiría las dimensiones que alcanzó. Se trató de un acontecimiento, de un hecho nuevo que no es anticipado por nadie y que de pronto crea una nueva realidad política y social, aunque después, a posteriori, podamos desentrañar las causas que lo produjeron.

A la hora de firmar el decreto de retenciones móviles a la soja el gobierno creyó que contaba con el poder político y social suficiente como para imponerlo al bloque de propietarios rurales. Es decir, creyó que seguía contando con la hegemonía política y social que le permitió a Kirchner en sus primeros años gobernar y ponerle un límite a los poderes de facto en el país. Eso lo llevo a no plantear en el decreto una política diferenciada para los llamados pequeños y medianos productores y evitar que éstos se embroquelen con la Sociedad Rural. También el gobierno -confiado en los cinco años de crecimiento continuo de la economía, que permitió reducir los índices de desocupación y pobreza- subestimó el malestar existente en vastos sectores de la población por la caída del poder adquisitivo de los salarios producto de la inflación. Se equivocó. El escenario había cambiado y fue, precisamente, la percepción de ese nuevo escenario lo que le permitió a sus adversarios embestir con la virulencia que lo hicieron, aunque ellos también se sorprenderían del apoyo concitado. La insatisfacción de distintos sectores de la sociedad empalmó con la protesta del “campo” sin que esto supusiera una comprensión cabal de la naturaleza del conflicto. Simplemente -producto de la confusión inducida, principalmente, por los medios- el “campo” se transformó para muchos en un símbolo vacío que cada uno llenó con su propio descontento.

Las señales

El desarrollo del conflicto permitió apreciar hasta qué punto una vasta franja de las clases medias y también algunos sectores populares se habían alejado del gobierno. Esto, por supuesto, no ocurrió de un día para otro. Fue un proceso lento que hizo eclosión durante el conflicto con el campo. Antes hubo una serie de señales y hechos elocuentes.

La derrota en septiembre de 2006 del proyecto de reelección indefinida de Rovira en Misiones, que Kirchner había apoyado abiertamente, fue el primer aviso. Luego, en 2007, se produjeron las denuncias de corrupción (caso Skanska y Micheli) y el lamentable manejo del conflicto con los maestros en Santa Cruz, que a la postre no sirvió para que el kirchnerismo perdiera la provincia, pero sí para que el sistema de medios, en un anticipo de su reciente actuación, reforzase en los televidentes de todo el país la idea de un gobierno autoritario. A esto hay que agregar la aplastante victoria de Mauricio Macri en Capital Federal, consecuencia directa de la decisión del gobierno nacional de no construir una alianza entre Filmus y Telerman, y también la pérdida de credibilidad en el índice de inflación del INDEC, que al no corresponderse con la percepción cotidiana de la población, generó la pérdida de credibilidad en el gobierno. Por último, el análisis detallado de las elecciones presidenciales de octubre, que le dieron un triunfo contundente a Cristina mostraba, claramente, que importantes sectores de las clases medias urbanas no habían votado por el gobierno.

El 11 de marzo pasado, fecha del decreto 125, estábamos ya lejos de aquellos dos primeros años del gobierno de Kirchner en que las fuerzas de la reacción, con el recuerdo aún vivo del levantamiento popular del 19 y 20 de diciembre de 2001, retrocedían confundidas o no articulaban mayores respuestas ante la iniciativa y audacia del presidente.

En contraste con la iniciativa que mostró al llegar al gobierno su esposo, quien pasó a retiro a la plana mayor del ejército antes de sentarse en el sillón de Rivadavia, Cristina dejó pasar tres meses sin tomar ninguna medida importante que satisficiera las expectativas de los sectores populares que la votaron y cuando se produjo el ataque de la reacción a través del lockout del campo siguió sin tomarlas. Pero la explicación de la falta de reacción de Cristina no hay que buscarla en las diferencias de personalidad con su esposo, que si bien, como es lógico, existen, no son lo decisivo. Lo determinante son las distintas circunstancias históricas y políticas en que les tocó actuar a cado uno. En realidad, el agotamiento del impulso transformador del kirchnerismo había comenzado a evidenciarse mucho antes de que Cristina llegase a la presidencia y responde básicamente a dos causas.

Por un lado, el agotamiento del impulso transformador de las jornadas del 19 y 20 de diciembre de las cuales Néstor Kirchner fue su heredero inesperado y cuyas demandas en forma moderada comenzó satisfaciendo; y por el otro, la incapacidad o negativa del kirchnerismo a construir un movimiento o frente capaz de organizar y encauzar las fuerzas políticas y sociales necesarias para enfrentar a la reacción y profundizar el programa nacional y democrático que surgió en diciembre de 2001.

El huevo de la serpiente

Aunque resulta imposible establecer en qué momento preciso comenzó a registrarse en el gobierno la pérdida del impulso inicial, el 25 de mayo de 2006 constituye una fecha clave. Aquel día Kirchner ante una multitud expectante se mostró reticente a profundizar el proceso que él mismo había abierto tres años atrás. Ante unas cien mil personas venidas del todo el país y reunidas en Plaza de Mayo el presidente habló no más de 20 minutos y el único anuncio “trascendente” que hizo fue el lanzamiento de la Concertación como estrategia política (sin saberlo incubaba un huevo de serpiente). Un “gusto a poco” se apoderó de los miles de argentinos que habían ido a escuchar al presidente. Los días anteriores habían arreciados los rumores sobre la posibilidad de un anuncio importante referido a la política petrolera o impositiva. Es decir, de alguna medida que profundizase el programa nacional y democrático con el cual había llegado al gobierno. Nada de eso hubo. El acto de masas sirvió sí para desalentar el “paro agrario” con que algunas entidades del campo, ya por esos días, venían amenazando al gobierno. En síntesis, se movilizó a la gente como manifestación de poder destinada a desanimar al adversario no a avanzar. Esta táctica se repetiría en el reciente conflicto, pero esta vez resultaría insuficiente.

Al mismo tiempo, la “concertación” significo el olvido de la política transversal a la que el gobierno parecía haber apostado en un primer momento y que suponía la idea de un nuevo reagrupamiento de fuerzas más allá de las estructuras políticas tradicionales. No olvidemos que en octubre de 2005 Cristina Fernández arrasó en provincia de Buenos Aires con el Frente para la Victoria. El selló del PJ quedó en ese momento en manos de la derrotada Chiche Duhalde. La concertación fue un giro conservador, ya que significó el regreso al Partido Justicialista y privilegiar la alianza con un sector del radicalismo. Se volvía al PJ no para impulsar desde ahí un frente con organizaciones sociales y populares comprometidas con la transformación del país, sino la alianza con fuerzas “progresistas” y respetuosas de la “institucionalidad”. Que tan respetuosos pueden ser de la institucionalidad algunos radicales lo iba a demostrar posteriormente Julio Cobos. Sin olvidar que algunos progresistas de la concertación apenas sonaron los primeros cacerolazos se asustaron y salieron a acusar al gobierno de provocar a la clase media “con el librito de Jauretche”. La derrota del pasado jueves 17 de julio ha dejado en claro la total inutilidad de una alianza política como la concertación para enfrentar una ofensiva del bloque de poder. También ha permitido apreciar el grado de degradación de gran parte de la dirigencia justicialista. El PJ se ha convertido en una máquina, en el mejor de los casos, eficiente para ganar elecciones y movilizar a las concentraciones, pero vacía del programa y la palabra política capaces despertar el entusiasmo y de tener un efecto multiplicador entre las masas. La concertación, además, suponía la ilusión de recrear en el país un escenario donde a una centroizquierda respetuosa de las formas republicanas se le opone una centroderecha igualmente civilizada. Sin embargo, nada de eso estuvo presente en la formidable pulseada que tuvo lugar en el país.

Al calor del lockout de los propietarios rurales y de la discusión sobre las retenciones a la renta agraria, se delinearon, nuevamente, en la escena del país dos bloques políticos y sociales históricamente enfrentados. De un lado, el sector agroexportador y los grandes grupos económicos que manejan los medios de comunicación -acompañados por las clases medias, liberales y antiperonistas (sea en su variante de derecha o de izquierda); del otro, el gobierno nacional, el movimiento obrero organizado, distintas organizaciones populares y los sectores medios que se inscriben en una tradición nacional-democrática y que actúan tanto por dentro como por fuera del peronismo. En el medio un sector de la sociedad vacilante ante los argumentos y las manifestaciones de poder de uno y otro bloque.

Por casi cuatro meses la tensión y el debate apasionado se apoderaron del país. El conflicto hizo que con mayor o menor grado de profundidad el conjunto de la sociedad discutiera intensamente sobre las retenciones, la naturaleza de la renta agragria, la sojización del campo, la necesidad de diversificar la producción agropecuaria y el modelo de país.

Pero no todo fue debate. Al lockout patronal, sin precedentes en nuestra historia por su extensión y virulencia (cortaron rutas, provocaron desabastecimiento y agredieron a los diputados que votaron a favor de las retenciones móviles), se sumó primero el “cacerolazo” de algunos barrios acomodados de Buenos Aires y después el de vastos sectores de las clases medias urbanas del país que no tienen relación directa con el campo y que de ninguna manera se verán beneficiados con el triunfo de la protesta agraria. No es la primera vez que sectores de la clase media actúan contra sus propios intereses y son arrastrados en una santa cruzada en contra del “peronismo autoritario” de turno. Lo hicieron en el ’55, lo volvieron a repetir en el ’76 y lo reiteran ahora. Precisamente, ahí reside una parte sustancial del drama argentino y la necesidad de la batalla cultural que hay que librar.

Ganar la guerra sin hacer la revolución

El gobierno reaccionó con sorprendente lentitud ante la ofensiva -que utilizando como ariete a los pequeños y medianos productores del campo- se lanzó en contra de su autoridad. Es evidente que se vio sorprendido por la escalada de la protesta y actuó desde el primer momento a la defensiva. No obstante, si bien el escenario había cambiado respecto a la primera época del kirchnerismo, no estaba de antemano decidido el resultado de la disputa. La suerte de la pelea se inclinó hacia uno y otro bando a lo largo del conflicto y hubo momentos en que el gobierno estuvo cerca de la victoria o al menos de un empate. Recordemos, que tras la masiva movilización a Plaza de Mayo que convocó Cristina el 1 de abril, los ruralistas levantaron el lockout (Eduardo van Der Kooy de Clarín escribió en esos días: “Los ruralistas comprendieron que el desafío al poder no daba para más”). Se abrió entonces un impasse de un mes que el gobierno dejó pasar sin tomar ninguna medida referida al tema en cuestión o cualquier otra de interés nacional para fortalecer los lazos con su base social e introducir una posible cuña en el bloque opositor. También en el mes de junio, el día previo a la fugaz detención de De Angeli, los ruralistas se encontraban sin mayor margen para mantener los cortes de ruta, pero la desafortunada medida permitió que el relato de los medios sobre “la represión del gobierno” termine desencadenando un cacerolazo masivo en todo el país. Y por último, la votación en el Congreso. De nuevo el gobierno se confió en la supuesta mayoría en la Cámara Alta y no intentó golpear políticamente para asegurarse la victoria. Si después del triunfo en Diputados el gobierno hubiera hecho aprobar inmediatamente la nueva ley de arrendamientos habría generado conflictos al interior de sus adversarios y habría llegado en mejores condiciones políticas a la votación decisiva. La pelea a brazo partido terminó definiéndose sólo a final en el Senado con el escandaloso desempate de Cobos en contra de su gobierno.

¿El desenlace tuvo mucho de azaroso entonces?

Sin duda el grado de indeterminación fue grande hasta el final. Pero lo que terminó volcando la suerte en contra del gobierno y evitó que aprovechase las oportunidades favorables que se le presentaron fue su negativa a avanzar con medidas que le hubieran permitido encontrar un mayor apoyo popular y retomar la iniciativa. En el mejor de los casos el gobierno se convenció que primero debía superar el conflicto y recién encarar las tareas pendientes. Es decir, quiso ganar la guerra sin hacer la revolución. Las movilizaciones que convocó en su apoyo son ilustrativas. Varias veces Cristina habló ante una multitud y ante millones de hombres y mujeres que la seguían por radio o televisión. En todas las ocasiones lo hizo brevemente. Nunca más de media hora. Aquí la brevedad no puede ser tomada como una gentileza. Hombres y mujeres que recorren kilómetros y kilómetros para escuchar a la persona que apoyan y no acaban de llegar y ya todo ha terminado. Ni siquiera se les da espacio para que puedan cantar una consigna y así establecer una suerte de comunicación con quien les habla. Una y otra vez se desperdició la gran oportunidad de comunicarse con millones de argentinos y ejercer una necesaria pedagogía de masas. ¿No lo hicieron Perón, Eva y Allende? Y no lo hacen ahora Castro y Chávez. Si se quieren hacer grandes cosas, si se decide enfrentar adversarios poderosos es necesario explicar, explicar y explicar. Pero nada de eso hizo el gobierno. Se apeló a la concentración de masas como manifestación de poder para disuadir al adversario y cohesionar a la propia tropa. Algo necesario sin duda, pero no suficiente para avanzar. A causa de esta ausencia de políticas el gobierno nunca pudo salir de la posición defensiva.

La astucia del diablo

Se ha señalado con insistencia la falta de una estrategia comunicacional capaz de contrarrestar, por lo menos en parte, la legitimación e instigación del lockout que hicieron los grandes medios, en especial la televisión. Esto sin duda es cierto y el papel que jugaron los medios fue tan importante como nefasto. Pero lo decisivo, en último instancia, no fue el pobre desempeño del gobierno en ese plano. Algo se ha intentado mejorar últimamente. El elemento decisivo de la derrota, es necesario reiterarlo, fue la falta de políticas. La batalla del aire y del cable en lo inmediato estaba pérdida porque por ahora es terreno propio del capital concentrado. No queda otra que discutir una nueva ley de radiodifusión e intentar que se apruebe en el mediano plazo. A la campaña de los medios había que contrarrestarla con hechos, con medidas que impactasen sobre la vida cotidiana de la gente o que fuesen emblemáticas de la defensa del interés nacional.

Los medios realizaron un acto de prestidigitación formidable. La protesta del campo apareció legitimada para gran parte de la opinión pública por la presencia de los pequeños y medianos propietarios y porque el capital concentrado logró ocultarse detrás de ellos (desaparecer de escena) gracias a la ayuda de los grandes los medios, que vaya casualidad, pertenecen al capital concentrado (“La astucia del diablo consiste en convencernos de que no existe”, dice el personaje de una película). Para mucha gente en esta pelea el poder era el gobierno y no los pooles de siembra, los terratenientes, los dueños de los canales de televisión. Reforzando esa percepción es que uno de los grandes diarios afirmó en referencia al gobierno en el segundo mes del conflicto: “ha dejado de existir en la Argentina un solo y omnipresente poder”.

En rigor de verdad lo que sucedió es todo lo contrario. El “omnipresente poder” del capital concentrado ha desafiado el poder surgido del voto popular porque no admite que el Estado se apropie de una parte de la fabulosa renta que obtiene de las exportaciones de soja.

El intento de torcerle el brazo al Ejecutivo y obligarlo a hacer marcha atrás con la política de retenciones ha resultado exitoso. Ha sido una dura derrota. El primer paso es reconocerlo. Pero no está todo dicho para el gobierno ni para las fuerzas nacionales y populares que lo apoyan. Néstor Kirchner en una reunión con intelectuales unos días antes de la votación en el Senado, reconociendo errores, comentó con ironía: “Tal vez tengamos que agradecerle a la Mesa de Enlace el habernos despertado”. No parece que eso haya sucedido en esto cuatro meses. Pero todavía queda tiempo. Tal vez el necesario para que el gobierno despierte. No sería la primera ni la última vez, como decía Davidovich Bronstein, que la revolución logre avanzar ayudada por el acicate de la reacción.

domingo 20 de mayo de 2007

Marat y Guevara: la imagen cristológica de dos implacables revolucionarios












por Horacio Elsinger


"Un genial engaño"

Hace poco vi por la televisión un programa de Film and Arts donde el presentador hacía un análisis de la célebre obra del pintor francés Jacques-Louis David: La muerte de Marat. El comentarista señalaba, como ya lo hicieron otros, las semejanzas entre esta pintura y La sepultura de Cristo de Caravaggio y la intención de David de convertir a Marat no sólo en mártir de la revolución sino también en arquetipo ennoblecedor de todos los que mueren por sus ideales. Es decir, el pintor parisino, comprometido políticamente con los jacobinos, pensaba en un público popular para su obra y quería convertirla en una suerte de Piedad secularizada.

Pero el presentador no se quedaba ahí con sus comentarios. Acto seguido advertía que la pintura de David constituía un genial engaño, el gesto de un ilusionista. Desde la perspectiva de nuestro comentarista, que tomaba ya un claro sesgo político e ideológico, lo que hace David es presentarnos como la imagen de la virtud a alguien que en realidad era "un apólogo del terror, un paranoico que se dedicaba a perseguir y dar muerte no sólo a los contrarrevolucionarios sino a todo aquel que tuviese una posición más moderada que la de él".

El costado implacable de Marat, para decirlo de algún modo, fue algo que siempre me resultó inquietante cuando hace muchos años leí sobre él y que no me era fácil de congeniar con la imagen que tanto admiraba del "amigo del pueblo, aquel que al no poder corromper asesinaron". Pero, al fin y al cabo, se trataba de un personaje de la Francia del Siglo XVIII histórica y emocionalmente distante.

Ahora, al escuchar al comentarista de Film and Arts y ver La muerte de Marat en la pantalla de televisión no pude evitar que viniese a mi mente la imagen del Che muerto en Bolivia. Las semejanzas cristológicas son evidentes. Ambos asesinados exhiben en su cuerpo las heridas que le fueron inflingidas y en sus rostros reina la serenidad de aquel que se encuentra con su destino. La muerte ha llegado a ellos y los ha convertido en mártires de la humanidad que intentan redimir.

La diferencia entre la foto del Che y la pintura de Marat reside en que la connotación cristológica de la primera no parece que pueda ser atribuida a la intencionalidad del fotógrafo sino, como otras veces en la historia del Che, a una serie de circunstancias algunas de ellas azarosas. La foto no refleja el estado real en que quedó su cuerpo tras recibir los balazos que le quitaron la vida. Sus captores peinaron sus cabellos y limpiaron su rostro. Estaban obligados a tratar de probar que el muerto era el legendario guerrillero y no otro. Sin proponérselo contribuyeron a alimentar la dimensión mítica de Guevara.

Un costado inquietante

Al mismo tiempo, debía admitirlo, en ambos casos las imágenes que habían cristalizado el pasaje a la eternidad de aquellos dos grandes hombres dejaban de lado un costado oscuro e inquietante de éstos que estaba lejos de la conducta pacífica de un santo o de un Cristo.

Acababa de leer Muertos de amor, la novela de Jorge Lanatta que trata sobre la fugaz y trágica experiencia en 1964 del Ejército Guerrillero del Pueblo (EGP) liderado por el periodista Jorge Ricardo Massetti, amigo del Che. A la novela de Lanatta había llegado después de pasar, un poco antes, por La guerrilla del Che y Masetti en Salta, 1964, de Daniel Avalos. Lo que más me impresionó de la historia del grupo de hombres, que siguiendo las enseñanzas y las directivas del Che, trataron de crear un foco guerrillero en la selva de Orán fue que en ningún momento lograron realizar una operación militar, pero sin embargo terminaron ejecutando a dos de sus integrantes. Se trataba de dos jóvenes que producto del aislamiento en que se encontraban y de deambular sin un rumbo claro por la selva terminaron quebrándose física y emocionalmente. Los jefes del grupo, que estaba integrado por argentinos y cubanos, en defensa de una supuesta disciplina revolucionaria e inspirados en la experiencia de Sierra Maestra no tuvieron clemencia con ellos y los fusilaron. La revolución aquí terminó devorando a sus propios hijos.

En Sierra Maestra el Che comenzó a mostrar su costado implacable ejecutando por mano propia a varios guerrilleros y campesinos tras juzgar que sus conductas ponían en riesgo la revolución. Después de la toma del poder vinieron los fusilamientos a militares del dictador Batista y miembros de las fuerzas de seguridad, la mayoría feroces represores, en la fortaleza militar de La Cabaña, en La Habana. Al respecto, su biógrafo Jon Lee Anderson dice en Che Guevara: una vida revolucionaria: "fiscal supremo, realizaba la tarea con singular dedicación; todas la noches resonaban las descargas de los pelotones de fusilamiento entre los antiguos muros de la fortaleza" . Ya en Bolivia, en su periplo final, mientras deambulaba entre montes y quebradas vuelve a apelar a la ejecución de algunos integrantes de su columna para mantener la moral de la tropa.

La derecha ha hecho hincapié en este aspecto violento de Guevara para tratar de reducir su figura a la de un simple asesino, al estilo de la valoración que hace de Marat el citado comentarista de Film and Arts. Pero tanto Marat como el Che son parte indisociable de los procesos revolucionarios de los cuales fueron en mayor o menor medida protagonistas. Es decir, su personalidad y el papel que jugaron no se limita al de haber sido dirigentes con predisposición al uso de una violencia que ellos juzgaban revolucionaria. Por ejemplo, Marat no solo es el hombre que ejecutaba implacablemente a sus enemigos sino también aquel que contribuyó a la declaración de los derechos universales del hombre.

La voluntad implacable

Ahora bien, aceptar la complejidad de sus personalidades y de los roles que les tocó cumplir no supone de nigún modo que desaparezcan los interrogantes. Si bien se puede aducir que la lógica de la guerra no es la misma que rige los "tiempos normales" sigue siendo para mí inquietante leer en la biografía de Anderson la fría descripción que hace Guevara de una ejecución: "...Acabé el problema dándole en la sien derecha un tiro de pistola 32, con orificio de salida en el temporal derecho. Boqueó un rato y quedó muerto". Y aún más todavía cuando en una carta que manda a su madre aparece el goce con la violencia: “Querida vieja: Aquí, desde la manigua cubana, vivo y sediento de sangre escribo estas encendidas líneas martianas…”.

Hasta aquí la férrea e implacable voluntad revolucionaria del Che sólo genera dilemas morales. El problema se transforma en político cuando está voluntad implacable, que antepone siempre el sacrificio y la acción, termina convenciéndose de que es el fundamento mismo de la revolución y a través de la teoría del foco deriva hacia el voluntarismo: "Hemos demostrado que un grupo pequeño de hombres decididos, apoyados por el pueblo y sin miedo a morir, puede llegar a imponerse a un ejército regular disciplinado y derrotarlo definitivamente".

Pero en la foto que capta su pasaje a la eternidad, a través de su fe y sacrificio, Guevara lava sus pecados y los de mundo y se convierte sin desearlo en Cristo (“No soy Cristo y filántropo, vieja, soy todo lo contrario de un Cristo… Por las cosas que creo lucho con todas las armas a mi alcance y trato de dejar tendido al otro, en vez de dejarme clavar en una cruz”).
También, al igual que el crucificado, a través de la célebre foto de Korda, un Che eternamente joven y con mirada soñadora resucita de entre los muertos en el Mayo Francés del '68. Desde entonces, a través de esta sobrevida icónica, presidirá manifestaciones en todo el mundo convertido ya en símbolo de la lucha contra la opresión.







lunes 30 de abril de 2007

Condena a muerte


Por Horacio Elsinger


Víspera de 1 de mayo. Estoy con mi hijo en la puerta de la sala de emergencia del sanatorio Galeno. Llevó ya más de media hora esperando que lo hagan pasar para que le controlen los cinco puntos que le hicieron el día anterior por una herida que se hizo en la mano mientras jugaba. Estamos parados en un amplio pasillo que desemboca en un patio con un frondoso gomero. Hay mucho movimiento en el lugar porque mucha gente se dirige al patio a fumar y porque por ahí se puede acceder también a una salida para vehículos. A mi alredor esperan también una anciana de aspecto frágil que me pregunta qué le pasó al chico, una mamá con un bebé en los brazos y un hombre ya maduro que parece soportar en silencio algún dolor. El próximo según el orden de llegada es mi hijo. Así que espero con él parado junto a la puerta para que no suceda como un rato antes cuando una mujer que recién había llegado se metió con su hija adentro sin importarle nada. Pero ahora estoy junto a la puerta y no voy a dejar que pase de nuevo. De pronto veo que avanza por el pasillo un anciano en una silla de ruedas que impulsa un muchacho. Mi ánimo se viene al piso. Voy a tener que darle el lugar al anciano, aunque no me guste voy a tener que dárselo. No hay modo; son cosas que no pueden dejar de hacerse. El viejo se aproxima con el cuerpo dispuesto en la silla como una bolsa de papas, la mirada vidriosa, las mejillas hundidas en el rostro macilento. Pobre viejo pienso; no le debe quedar mucho tiempo. Ahora está muy cerca mío y lo reconozco.
-Es Bussi-, le comento sorprendido a mi hijo.
El anciano no viene a emergencia. Es Bussi y pasa a mi lado.
-Creía que era más joven-, me dice mi hijo de once años que el único Bussi que conoce por la televisión y los afiches es Ricardo.
-No este es el asesino hijo de puta-, le digo mientras Bussi se aleja en su silla de ruedas.
Nadie parece reparar en él. El que fue una vez hombre fuerte, tirano sangriento, avanza entre la gente sin ser reconocido. La impiadosa tarea de los años y la enfermedad lo han convertido en una piltrafa. Ahora es sólo un anciano que marcha en silla de ruedas a cumplir su inexorable condena a muerte.

viernes 27 de abril de 2007

¿Gobiernan hoy los montoneros?


Por Horacio Elsinger

En un artículo aparecido en el número de abril de la publicación Punto de Vista la ensayista Beatriz Sarlo hace suya una afirmación que atribuye al sociólogo Carlos Altamirano: “Hoy gobiernan los montoneros”. Para Sarlo este hecho permite entender al actual gobierno, ya que, “como a la juventud peronista radicalizada, al kirchnerismo no le importan las formas “burguesas” institucionales de la política”.
La escritora se lamenta: “Con el ethos de los setenta, regresa la antipatía histórica del peronismo por las instituciones deliberativas donde hay que escuchar voces opositoras”.
Ahora bien, ¿gobiernan los montoneros actualmente en la argentina y la supuesta antipatía del gobierno por las instituciones deliberativas puede explicarse por este hecho?
Antes que nada vale una aclaración que puede ayudar a responder estos interrogantes. En realidad Carlos Altamirano en la entrevista al diario Perfil, a la cual hace alusión Sarlo, no afirma que “hoy gobiernan los montoneros”. Altamirano se pregunta: “¿quiénes están en el Gobierno?”. Y acto seguido responde: “Bueno, están en el Gobierno los que se fueron de la Plaza el 1º de mayo de 1974”.
La afirmación es excesiva, ya que resulta difícil imaginar a Daniel Scioli o a Aníbal Fernández, para citar sólo a dos hombres del gobierno, entre los “imberbes” contrariados con el General. No obstante, es verdad que Néstor Kirchner y Cristina Fernández, como ellos mismos lo recordaron en varias oportunidades, formaron parte de las huestes de la JP revolucionaria. Pero lo que importa aquí es que Altamirano no identifica a todos los jóvenes que abandonaron la plaza con Montoneros.
¿Se trata de una sutileza, ya que es obvio que eran éstos quienes tenían la conducción de ese movimiento?
Creo que no. El enfrentamiento con Perón el 1 de mayo de 1974 marca no sólo la ruptura de vastos sectores de la juventud con el anciano líder sino también el inició del distanciamiento de éstos con la conducción armada. Esto se hará más evidente aún con el posterior paso a la clandestinidad de Montoneros.
Que se sepa Kirchner, como muchos otros jóvenes, no acompañó a Montoneros en su aventura y terminó durante la dictadura dedicándose, junto a su esposa, a su profesión de abogado en Santa Cruz.
¿Cómo se explica entonces la tardía reivindicación que el presidente hace de los años ’70?
Para poder responder primero hay que entender que Montoneros fue la organización política que terminó hegemonizando el proceso de nacionalización que experimentaron vastos sectores de la clase media en la lucha contra la dictadura militar tras el golpe de Estado del 1966. En Montoneros, y en su expresión de masas la JP revolucionaria -como señala Pilar Calveiro en su libro Política y/o violencia. Una aproximación a la guerrilla de los años 70- siempre convivieron dos tendencias: el nacionalismo popular, que abrevaba en la lectura de José María Rosa, Scalabrini Ortiz, Abelardo Ramos, Rodolfo Puiggrós, Hernández Arregui, Arturo Jauretche, John William Cooke; y el foquismo surgido bajo el influjo de la revolución cubana.
El primero le permitió un anclaje en el movimiento de masas peronista y el último lo llevó a su derrota y destrucción cuando pasó de la resistencia guerrillera contra la dictadura militar a la acción armada bajo el gobierno constitucional y popular de Perón.
Cuando Kirchner reivindica a sus ex compañeros de la juventud lo que reivindica es su nacionalismo popular no su foquismo. No lo hizo en su momento sería absurdo que lo hiciera ahora que la experiencia histórica ha demostrado su fracaso. En todo caso Kirchner forma parte de un sector de la “juventud maravillosa” que quedó contrariado con Perón, entre otras cosas, por no haberse deshecho de hombres como López Rega, pero también profundamente decepcionado con la política liquidacionista de Montoneros. Al mismo tiempo, hombres como el presidente se sienten profundamente conmovidos por el calvario que mucho de su ex compañeros debieron vivir primero por la acción de las Tres A y posteriormente por la dictadura militar de Videla.
Es cierto que la reivindicación política que realiza Kirchner de su ex compañeros en la mayoría de los casos es ambigua o confusa, ya que evita hacer una clara condena de la violencia guerrillera bajo el gobierno constitucional y popular de Perón. Por ahí, muy de vez en cuando, se puede encontrar, como en un reportaje concedido ya hace tiempo a Clarín, una condena al asesinato de Rucci. A ello se pueden sumar las declaraciones hechas por hombres tan próximos al presidente que se pueden considerar casi como suyas.
Es el caso de los conceptos vertidos por Carlos Kunkel, subsecretario de la Presidencia, un hombre que fue diputado nacional por la Tendencia Revolucionaria en 1973 y que, según dicen, fue el responsable político del presidente cuando ambos cursaban derecho en La Plata. En un entrevista con motivo de la actualización de la causa que vincula a Isabel Perón con las Tres A, Kunkel rechaza de plano que Perón haya sido quien estaba detrás de la siniestra organización y no es para nada indulgente con él y con su ex compañeros al referirse al papel de Montoneros.“Nosotros éramos unos loquitos”, dice. Kunkel afirma, además, en el mismo reportaje que el presidente no debe pensar algo muy distinto ya que muchas veces han conversado sobre el tema.
¿A qué se debe su reticencia entonces?
La principal razón parece residir en que el presidente comparte la idea dominante en los organizaciones de derechos humanos de que cualquier condena a la violencia guerrillera bajo el gobierno peronista (73-76) lleva agua a la “teoría de los dos demonios”, y por lo tanto le hace el juego a la reacción. Se trata de una idea equivocada, ya que si bien no se puede equiparar desde el punto de vista jurídico la violencia protagonizada por las organizaciones armadas de izquierda con la represión desatada por el Estado, es decir, el terrorismo de Estado con la violencia de particulares, tampoco nada nos exime de realizar una valoración política y moral del papel cumplido por la guerrilla en el período mencionado. El presidente fortalecería mucho más su posición sobre el tema ante la mayoría de los argentinos si a la par que impulsa el juicio y castigo a los responsables del genocidio realizara una clara condena política de los crímenes cometidos por la guerrilla en democracia. No lo ha hecho hasta el momento.
Es verdad, como dice Sarlo, que a partir de su pasado como gobernador de Santa Cruz nada anunciaba en el actual presidente su reivindicación de los años 70. Kirchner, como la mayoría de la dirigencia peronista fue arrastrado por un proceso de degradación y olvido de las banderas del nacionalismo popular que tuvo su punto culminante cuando a través de Menem el Partido Justicialista hizo suyo el programa de Alvaro Alsogaray.
Ahora bien, que el presidente haya recuperado la memoria histórica al llegar a La Rosada prueba una vez más que la política ofrece cada tanto acontecimientos y giros inesperados, incluso para sus propios protagonistas. Seguramente Kirchner nunca previó, como la mayoría de la clase política argentina que iba a tener lugar un 19 y 20 de diciembre y mucho menos que esa rebelión popular le permitiría llegar a la presidencia. Una vez situado en un nuevo escenario, tras el quiebre de la hegemonía ideológica del neoliberalismo, el santacruceño buscó dentro de sí los recursos y tradiciones que le permitieran llevar adelante las políticas que exigía el momento.
En realidad lo que obró como un electroshock sobre un peronismo agonizante fue el estallido de diciembre de 2001. Si recordamos bien, quien primero recobró algunos reflejos nacionales, obviamente, como correspondía a su tradición desde una versión más ortodoxa del peronismo, fue Duhalde con retenciones a la exportaciones petroleras, planes de ayuda a los desocupados y política exterior orientada hacia el Mercosur, para citar algunos ejemplos. Después Kirchner profundizó ese programa nacional y le sumó, desde una perspectiva más democrática, las banderas del juicio y castigo a los represores de la dictadura con algunas incrustaciones setentistas en su discurso (ninguna generación se niega totalmente a sí misma).
No hay hoy un gobierno de los montoneros, como dice Sarlo, al que no le importan “las formas ‘burguesas’ institucionales de la política”. La existencia de “un ejecutivo poderoso concentrado en la figura presidencial”, con el cual según la escritora, “se reemplaza a la república institucional” no se explica por el ethos montoneros de los 70 sino por la profunda crisis de representación e identidad que atraviesa a los partidos políticos y otras organizaciones del mundo civil.
Sarlo no debería olvidar que no fue Kirchner quien desprestigió a los partidos políticos ni acuñó la consigna “Que se vayan todos”. Al contrario fue ese desprestigio el que le permitió llegar al poder.

lunes 16 de abril de 2007

América Latina: del foquismo a la Asamblea Constituyente


Por Horacio Elsinger

No hace mucho un columnista de derecha planteó que a diferencia de Fidel Castro, que en los años 60 y 70 exportaba la revolución a través de la política y la ideología, actualmente el venezolano Hugo Chávez lo hace a través de los "petrodólares".
La afirmación sin duda pretende menoscabar la importancia de la experiencia revolucionaria que viene llevando adelante el pueblo venezolano. Sin embargo, el aplastante triunfo obtenido por el sí este domingo en la consulta popular llevada a cabo en Ecuador para saber si la mayoría de la población está de acuerdo con una reforma constitucional que refunde el país viene a refutar estas apreciaciones.
No es verdad que la capacidad de propagación de la revolución bolivariana esté ligada solamente a que Chávez utilice los excedentes de la renta petrolera para asistir a los sectores más desamparados de su país y para propiciar acuerdos energéticos y económicos que faciliten la integración regional. La fuerza de la experiencia bolivariana se basa también en que ha mostrado al resto de los latinoamericanos una fórmula para poner en marcha procesos revolucionarios: la Asamblea Constituyente.
Ese es el camino que iniciaron los venezolanos, que siguió después Bolivia y que ahora adopta Ecuador. Si bien se trata de un camino que no puede ser elevado a fórmula universal y ni siquiera a la totalidad de América Latina hasta el momento ha demostrado su aplicabilidad en los tres países citados.
Apenas llegó Chávez al poder a través de elecciones llamó a una Asamblea Constitucional que sentó las bases de la democracia bolivariana. Fue la legalidad nacida de la nueva Constitución y la movilización popular que ella suponía lo que le permitió al venezolano resistir las sucesivas conspiraciones de la reacción de su país.
Por otra parte, el camino de la Asamblea Constituyente adoptado hasta el momento por Venezuela, Bolivia y Ecuador es uno de los rasgos singulares de la nueva situación que vive nuestro continente si se la compara con la agitación revolucionaria generada por la revolución cubana en los 60 y 70.
En aquellos años Cuba producto del aislamiento en que rápidamente la colocó el imperialismo busco hacer pie en "tierra firme" tratando de propagar la llama de la revolución al resto del continente. La fórmula que la revolución cubana "exportó" en ese momento se resume en la "teoría del foco". No es aquí el lugar para ponermos a examinar con detenimiento esa opción revolucionaria, pero sí podemos decir que su idea central es que un grupo de revolucionarios bien preparados y decididos (la vanguardia) puede crear en la población a través de su accionar la condiciones subjetivas para la revolución.
El relato de un reducido grupo de revolucionarios que primero desembarca en las playas de Cuba y tras una serie de peripecias inicia una guerra de guerrillas en la Sierra Maestra que termina con la toma del poder en La Habana encendió la imaginación y llevó a la acción a miles de jóvenes revolucionarios en nuestro continente. La experiencia foquista en nuestro continente fue nefasta y estaba condenada al fracaso desde su inicio por el voluntarismo mesiánico que anidaba en ella.
Si bien todo intento de reproducir acríticamente una experiencia o de encontrar en ella una fórmula universal o continental para la revolución entraña grandes riesgos como la propia experiencia lo índica, la superioridad del relato bolivariano respecto del "foco" consiste en que sitúa como protagonista de la historia no a una vanguardia esclarecida y armada sino a las grandes masas ejerciendo su derecho soberano a través de la Asamblea Constituyente.
Cuarenta años después de que Fidel y sus barbudos entraran en La Habana la revolución ha tocado tierra firme y avanza por el continente no a través de una vanguardia armada sino de millones de hombres y mujeres comunes que quieren ser protagonistas.

viernes 13 de abril de 2007

¿Quién le dicta el libreto a Bachelet?

por Horacio Elsinger

La presidenta Michelle Bachelet de Chile le pidió "respeto" al comandante Hugo Chávez después de que éste reaccionara indignado con el Senado chileno que aprobó una moción de censura contra la decisión del gobierno venezolano de no renovar la concesión a Radio Caracas Televisión.
La socialista chilena mide con distintas varas las acciones, ya que piensa que Chávez no puede hacer consideraciones sobre el Senado chileno, al cual sin rodeos trató de "facista", en cambio este reducto de la reacción chilena sí puede entrometerse en las decisiones soberanas de otro país latinoamericano.
No está de más aclarar que según las leyes venezolanas el espacio radioeléctrico es propiedad del Estado, y por lo tanto está en su legítimo derecho de renovar o no una concesión, y que la dirección de Radio Televisión Caracas jugó un claro papel golpista durante el intento frustrado de la derecha venezolana en abril del 2002 que quedó documentado en las propias imágenes que difundió el canal.
Una vez más queda de manifiesto la complicidad de los socialistas chilenos con la derecha de su país, la misma que derrocó a Allende ensangrentando el país y que ahora se desgarra las vestiduras "por la libertad de expresión en Venezuela".
Después de todo son los mismos gobernantes socialistas que permitieron que un genocida como Pinochet muriera en la cama y que el ejército le diera una despedida “en calidad de comandante en jefe benemérito”.

lunes 9 de abril de 2007

Por qué ganó Alperovich la interna del PJ

Por Horacio Elsinger

"Aparato" y "peronismo profundo"
Beatriz de Rojkés le ha ganado a Fernando Juri las internas del PJ en Tucumán por una diferencia de casi 40 mil votos (71.000 a 32.000 según los cómputos finales) ¿Cómo se explica este aplastante triunfo de la esposa del gobernador Alperovich? ¿Hay que buscar la razón de este resultado en el formidable “aparato” puesto en marcha por el gobernador de la provincia como sugiere el jurismo y la prensa opositora ante la incontrastable derrota del hombre elegido para tratar de frenar lo que consideran “el proyecto hegemónico” del gobernador?
Los sectores del justicialismo abroquelados detrás de la figura del presidente de la Legislatura se muestran incapaces de explicar el porqué del ascenso de Alperovich y de su creciente popularidad que le ha permitido ganar la última elección de diputados nacionales (2005) y la de convencionales constituyentes (2006) con cifras históricas y ahora derrotarlos en la pulseada por la conducción del Partido Justicialista, un terreno en que eran considerados imbatibles.
No tener en cuenta el peso del aparato en una elección como la que se libró en el PJ sería desconocer una realidad concreta, sin embargo este factor no alcanza para dar cuenta de lo sucedido el primero de abril en la principal fuerza partidaria de Tucumán.
El problema para el peronismo tradicional y para algunos columnista de la prensa local es que con la “teoría del aparato” contradicen sus análisis previos según los cuales el “peronismo profundo” le daría la espalda a Alperovich. Es obvio que si el jurismo se presentó a dar pelea en la interna del partido es porque creyó que existían condiciones políticas e ideológicas como para obtener un triunfo y que no se reducía todo a una lucha de aparatos. A tal punto es así que la campaña de Juri estuvo centrada en una apelación a los afiliados a defender la identidad justicialista amenazada por el gobernador y sus huestes. El presidente de la Legislatura, Fernando Juri Riera, se definió a sí mismo como “el dirigente natural” del PJ tucumano por ser portador de un ADN peronista que nadie pone en duda.
Una respuesta posible para lo acontecido es la que varios han formulado: en estas internas se contrapuso el tema de la identidad partidaria a la gestión de gobierno y terminó ganando esta última. Esta explicación es básicamente correcta a condición de tener en cuenta que la gestión no fue presentada ni apareció a ojos de los afiliados como algo totalmente separado de la identidad partidaria.
Si bien desde el sector de Juri se apeló constantemente a los símbolos de la identidad partidaria (Marchita, imágenes de Perón y Evita y mención a figuras de la historia del peronismo tucumano), no hay que olvidar que la obra de gobierno reivindicada por el alperovichismo forma parte de políticas sociales caras a la tradición peronista del Estado benefactor (vivienda, escuelas, hospitales, jubilaciones, pensiones, etcétera). Consciente de que no podía competir con Juri en materia de ADN justicialista el alperovichismo se presentó ante los afiliados como un peronismo que se demuestra como tal en hechos y obras. “Peronismo en acción”, “Peronismo es más hospitales”, “Peronismo es más jubilaciones”, fueron, entre otros, sus mensajes. Si a eso se agrega la difusión de imágenes televisivas de un gobernador de estilo campechano, en permanente contacto con los sectores populares, que inaugura escuelas, dispensarios, etcétera, resulta difícil pensar que eso no tenga alguna resonancia en el imaginario peronista.
De modo que la gestión no apareció separada totalmente de la identidad, aunque sí es verdad que la liturgia y la iconografía tradicional quedaron reducidas en la campaña alperovichista a su mínima expresión.

¿Una identidad en tránsito?
Ahora bien, ¿este debilitamiento de los símbolos y rituales tradicionales en la masa de afiliados no es tal vez el síntoma inequívoco de una identidad en crisis o en tránsito hacia otra nueva que todavía no acaba de emerger totalmente?
En realidad, desde una perspectiva histórica, lo sucedido en el PJ de Tucumán es un capítulo más dentro de la crisis de representación e identidad que viven las principales fuerzas partidarias del país y que nadie sabe aún cuál será su desenlace final. Precisamente fue esa misma crisis de representación que aún no ha terminado la que lo catapultó a la gobernación en junio del 2003 a José Alperovich y que antes, en abril del mismo año, le había permitido a Néstor Kirchner llegar a La Rosada. Ninguno de los dos habrían llegado a ser candidatos del Partido Justicialista, uno a la gobernación de Tucumán y el otro presidencia de la Nación, si en el país no hubiese tenido lugar el levantamiento popular del 19 y 20 de diciembre de 2001.
El desprestigio que envolvió entonces a la clase política fue profundo y aún no ha desaparecido. Duhalde se vio obligado en ese momento a apelar a Kirchner, alguien marginal, geográfica y políticamente hablando, en el sistema de poder del PJ, después de tratar de instalar sin suerte a distintos candidatos a la presidencia. Algo parecido sucedió en Tucumán. Miranda y el Partido Justicialista tuvieron que recurrir a su ex ministro de Economía -un hombre de pasado reciente en el radicalismo, que era visto por la población más como empresario que como político- para poder mantener el poder en la provincia.
Es más que probable que sin Alperovich como candidato a gobernador el PJ hubiese perdido las elecciones en junio del 2003. Basta recordar que el PJ con el 42,36 % de los votos le ganó una coalición de fuerzas articuladas tras el ex fiscal Esteban Jerez (24,74%), quien se ubicó en la segunda posición por arriba de Fuerza Republicana (19, 18 %), hasta entonces la segunda fuerza política, pero tres meses después, como signo inequívoco del desprestigio de la dirigencia del PJ, el ex gobernador Miranda fue electo senador con el número más bajo de votos que haya sacado el peronismo en la historia de la provincia.
Alperovich llegó entonces a la gobernación no sólo por su ambición política y fortuna personal, según afirman sus detractores, sino porque las circunstancias políticas obligaron al PJ a recurrir al empresario de origen radical (la necesidad tiene cara de hereje).
Se evitó así, probablemente, que tuviera lugar algo parecido a lo que había sucedido antes en Catamarca y posteriormente en Santiago. En ambas provincias el justicialismo, como consecuencia del profundo desprestigio de sus dirigentes, perdió el gobierno que había detentado durante muchos años a manos de sendas coaliciones comandadas por el radicalismo. Según el comentario irónico de un viejo militante peronista: “Acá para no perder el poder se injertó un radical en el PJ”.
Alperovich fue aceptado por la dirigencia del PJ como un mal necesario, alguien destinado a cumplir una etapa de transición hasta que las circunstancias le permitieran a cualquiera de ellos retornar al gobierno. Algo parecido debe de haber pensado Duhalde al elegirlo a Kirchner. Pero rápidamente, tanto Kirchner como Alperovich, dieron muestras de iniciativa propia, a la vez que concitaron un apoyo que va más allá de los sectores tradicionales del peronismo.


El vaciamiento ideológico
El apoyo de sectores provenientes de distintos orígenes políticos en ambos dirigentes (peronistas, radicales, ex frepasistas, etcétera), con la presencia más evidente de elementos progresistas en Kirchner, a la par que expresa claramente la crisis de representación política e identidad partidaria que atraviesa el país, muestra también que una nueva mezcla política empieza a gestarse.
Al respecto me parece que cobra total actualidad lo que escribí en el artículo Kirchner y los ecos de diciembre a fines de año pasado: “Uno de los primero en percibir la nueva situación política y social con lucidez fue Kirchner. El presidente captó desde el primer momento la nueva situación político-cultural y despojó a sus actos y discursos de la liturgia y retórica peronista. Se dio cuenta que 10 años de menemismo habían vaciado de todo contenido genuinamente nacional y democrático a los rituales del Partido Justicialista. Ha quedado demostrado que se puede entonar enfervorizadamente la Marchita, citar con solemnidad al General y al mismo tiempo arrasar con la legislación obrera o liquidar a precio vil las empresas del Estado. Hay que tener en cuenta además que la mitología y simbología peronista no forman parte del imaginario de las nuevas generaciones y a muchos de los más viejos les produce cierto hastío. Han sido decepcionado demasiadas veces con el mismo fondo musical y decorado”.
“Hay un gran vaciamiento ideológico”, declaró Fernando Juri tras aceptar el aplastante triunfo de Beatriz Rojkés. Resulta paradójico que sea un hombre proveniente del menemismo, al que los avatares de la interna del PJ obligaron hace muy poco a adjurar de su fe, quien formule esa frase. ¿A qué vaciamiento se refiere Juri?, ¿al olvido de las banderas del ’45? ¿No recuerda acaso que fue precisamente Menem, quien continuó y profundizó la tarea iniciada por la dictadura militar de desmontar el Estado democrático y popular que edificó Perón?
Pero hay que ser justo con Juri. En realidad por vaciamiento él se refiere a que haya ganado la lista que preside alguien con afiliación reciente y en la cual la simbología peronista y las menciones al General estaban reducidas a la mínima expresión. No habla de programa. El vicegobernador habla de la identidad como un conjunto de símbolos y tradiciones, pero vacíos ya de las banderas históricas, de la sustancia que les dio vida.
¿Por qué los defensores de la “identidad peronista” no hablan del programa histórico del peronismo?
Porque entre el programa del 17 de Octubre y el que ellos apoyaron a partir de la llegada de Menem al poder el 8 julio de 1989 no hay identidad sino contradicción. Esa contradicción fue, precisamente, la que puso en crisis al peronismo, lo fragmentó en tres candidaturas en las elecciones presidenciales de abril del 2003, y le permitió a Kirchner llegar inesperadamente al gobierno.


¿Un nuevo punto de partida?
Llegado a este punto surge un interrogante: ¿cuál es el programa de Alperovich, si es que tiene alguno?
En principio se puede decir que Alperovich sí tiene un programa y que éste es el mismo de Kirchner. Es decir, el gobernador tucumano lleva a escala local, a la vez que le imprime iniciativa y sello propio, las políticas que el presidente Kirchner viene impulsando a partir de su llegada al poder en 2003. A su vez esas políticas están en línea con las exigencias que se instalaron en la mayoría de la población tras el fracaso de las recetas neoliberales que desembocaron en la rebelión del 19 y 20 de diciembre.
Ahora bien, ¿ese programa, que lleva adelante Kirchner y que aplica localmente Alperovich, es el del 17 octubre del ’45? No, sin duda que no. Es un programa en mucho aspectos más moderado, pero es el que surgió de la experiencia colectiva de las nuevas generaciones, y se basa, fundamentalmente, en recuperar para el Estado un rol decisivo en la salud, la educación y la economía.
Al mismo tiempo, el giro decisivo vivido por el país a partir del 2001 ha producido un proceso de reconfiguración política y una crisis de identidad partidaria, ya que tras el programa antes señalado se han alineado sectores de distintos orígenes que no se sienten del todo contenidos en las organizaciones políticas tradicionales.
De hecho se ha producido un corte que atraviesa a los partidos. Están los radicales que apoyan al gobierno y los que se le oponen. En el peronismo ha sucedido otro tanto. Están los que apoyan a Kirchner y los otros, por lo general los sectores “ortodoxos”, que se abroquelan detrás del ex ministro de Economía Roberto Lavagna.
La misma situación, con sus particularidades, se reproduce en Tucumán. El vicegobernador Juri Riera, representante del sector defensor de la “identidad”, casi todos ex menemistas, se ha alineado con los sectores de la oposición mientras que el resto, la mayoría como surgió de las urnas, apoya al gobernador.
Lo que los afiliados peronistas han apoyado en las pasadas internas son las nuevas políticas de Estado que llevan adelante Kirchner en el país y Alperovich en Tucumán, y que ellos, después de años de abandono, ven materializadas en obras que van desde el alumbrado y la pavimentación de una calle a la edificación de una escuela o de un hospital.
El eje de la campaña de Alperovich se basó en rescatar los logros de su gestión, pero sin renunciar a enmarcarlos en la tradición peronista (“Peronismo es más escuelas”, “Peronismo es más pensiones”, etcétera).
¿No se contradice este hecho con la afirmación de que el programa de Kirchner y Alperovich es el que surge de las exigencias populares después de la crisis del 2001 y no el de octubre del ’45, es decir, el del peronismo histórico?
No porque si bien el de 2001 es un programa más moderado que el del ‘45 no está en contradicción con éste como el de Menem y sin duda puede referenciarse en la experiencia histórica de los gobiernos del general Perón. Lo que sí aparece en este caso es una tensión entre lo nuevo y lo viejo. Por un lado la acción de gobierno se inscribe dentro de la tradición histórica peronista, pero por otro es el producto de una nueva experiencia colectiva en marcha. Es decir, un nuevo punto de partida.
En ese sentido el triunfo de Beatriz de Rojkés en las internas del PJ tucumano es un dato que viene a confirmar que se están produciendo profundas modificaciones en el suelo político de la Argentina y que Kirchner no estaba errado cuando afirmaba que la gente estaba harta del “peronismo de mausoleo”. Sólo la nueva situación política y social que atraviesa el país, que señalamos con insistencia en estas líneas, puede explicar que José Alperovich, un empresario judío procedente del radicalismo, en ocho años se haya convertido en el dirigente máximo del justicialismo.
Una transformación política está en marcha. Sólo falta saber si el justicialismo absorberá los cambios o se transfigurará en otra cosa.